La Virgen de Guadalupe y Juan Diego; el puente entre dos mundos

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Por Gabriel Morones.

El 12 de diciembre es una fecha especial para el pueblo católico mexicano, que celebra las apariciones de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego, hoy santo de la iglesia.
Las milagrosas apariciones, que dejaron testimonio en el no menos sorprendente ayate o tilma de Juan Diego, conservado en la Basílica de Ciudad de México, han sido objeto de múltiples investigaciones y cuestionamientos, pero lo cierto es que este suceso logró consolidar el reconocimiento de la fusión de dos mundos, el español y el indígena, para dar lugar al mestizaje que nos ha hecho lo que hoy somos, no solo una mezcla de sangre, sino una cultura con fundamento propio y trascendencia.

Quienes contemplan la imagen de la Virgen de Guadalupe con afán de crítica, admiran el arte que ostenta la efigie, ya que consideran muy difícil, si no imposible, realizar una obra pictórica en la clase de material del que está compuesto el ayate sobre el que está plasmada.

La tilma o ayate de Juan Diego era una prenda de vestir de los indígenas, que servía lo mismo de abrigo para el invierno que de impermeable para las lluvias o de bolsa para el mercado. Iba recogida a la cintura o al hombro. Su tejido era de algodón, de hilo de maguey o de palma silvestre. El de Juan Diego era de fibra de maguey y cosido de dos piezas. Mide 174 centímetros a lo largo y 111 centímetros de ancho. En esta prenda apareció la imagen de la madre de Dios.

¿Qué representa para el mestizaje este pasaje histórico de las apariciones de la Virgen de Guadalupe?

Cuando la Gran Tenochtitlan sucumbió a los asaltos del conquistador español y sus aliados indígenas en 1521, vivía en el poblado de Tulpetlac, región de Ecatepec, un nativo llamado Cuauhtlatoatzin, de raza chichimeca, que tenía en ese entonces 47 años. Fue bautizado por los misioneros como Juan Diego. Su existencia había pasado inadvertida hasta entonces y continuaría ignorada una década más, hasta diciembre de 1531, fecha en que se vuelve personaje público según la tradición mediante los encuentros con la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, historia ya conocida y que es motivo de los festejos del 12 de diciembre.

¿Pero qué pasó después de ese día?

El viernes 14 de diciembre de 1531, Juan Diego acompañó al Obispo Zumárraga al cerro del Tepeyac para mostrarle el sitio en que la Virgen pedía su templo, y ya para el 26 de diciembre del mismo año se trasladó la imagen a su primera Ermita, cuyos cimientos están hoy bajo el piso de la Sacristía de la Parroquia de la Villa de Guadalupe.
Juan Diego dejó su pueblo, casa y tierras y se fue a vivir junto a la Ermita guadalupana, estando a su servicio durante 17 años, hasta que falleció en 1549, al cumplir 74 años de edad.